ELOGIO DE LA MADRASTRA VARGAS LLOSA PDF

Los griegos me llaman Artemisa. Estoy emparentada con la Luna y Apolo es mi hermano. Entre mis adoradores abundan las mujeres y los plebeyos. Hay templos en mi honor desparramados por todas las selvas del Imperio. Nunca, en todo caso, para cobrar piezas delicadas como las de hoy porque sus fauces las majan hasta volverlas incomestibles. Mejor dicho, no se le ve.

Author:Ferisar Voodoogrel
Country:Finland
Language:English (Spanish)
Genre:Education
Published (Last):22 December 2005
Pages:349
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Lo que ms me enorgullece de mi reino no son sus montaas agrietadas por la sequedad ni sus pastores de cabras que, cuando hace falta, se enfrentan a los invasores frigios y eolios y a los dorios venidos del Asia, derrotndolos, y a las bandas de fenicios, lacedemonios y a los nmadas escitas que llegan a pillar nuestras fronteras, sino la grupa de Lucrecia, mi mujer. Digo y repito: grupa. No trasero, ni culo, ni nalgas ni posaderas, sino grupa. Porque cuando yo la cabalgo la sensacin que me embarga es sa: la de estar sobre una yegua musculosa y aterciopelada, puro nervio y docilidad.

Es una grupa dura y acaso tan enorme como dicen las leyendas que sobre ella corren por el reino, inflamando la fantasa de mis sbditos. A mis odos llegan todas pero a m no me enojan, me halagan. Cuando le ordeno arrodillarse y besar la alfombra con su frente, de modo que pueda examinarla a mis anchas, el precioso objeto alcanza su ms hechicero volumen.

Cada hemisferio es un paraso carnal; ambos, separados por una delicada hendidura de vello casi imperceptible que se hunde en el bosque de blancuras, negruras y sedosidades embriagadoras que corona las firmes columnas de los muslos, me hacen pensar en un altar de esa religin brbara de los babilonios que la nuestra borr.

Es dura al tacto y dulce a los labios; vasta al abrazo y clida en las noches fras, una almohada tierna para reposar la cabeza y un surtidor de placeres a la hora del asalto amoroso.

Penetrarla no es fcil; doloroso ms bien, al principio, y hasta heroico por la resistencia que esas carnes rosadas oponen al ataque viril. Hacen falta una voluntad tenaz y una verga profunda y perseverante, que no se arredran ante nada ni nadie, como las mas.

Cuando le dije a Giges, hijo de Dscilo, mi guardia y ministro, que yo estaba ms orgulloso de las proezas cumplidas por mi verga con Lucrecia en el suntuoso bajel lleno de velmenes de nuestro tlamo que de mis hazaas en el campo de batalla o de la equidad con que imparto justicia, l festej con carcajadas lo que crea una broma. Pero no lo era: lo estoy. Dudo que muchos habitantes de Lidia puedan emularme. Una noche estaba ebrio slo por averiguarlo llam al aposento a Atlas, el mejor armado de los esclavos etopes.

Hice que Lucrecia se inclinase ante l y le orden que la montara. No lo consigui, por lo intimidado que estaba en mi delante o porque era un desafo excesivo para sus fuerzas. Varias veces lo vi adelantarse, resuelto, empujar, jadear y retirarse, vencido. Como el episodio mortificaba la memoria de Lucrecia, a Atlas lo mand luego decapitar. Todo en mi esposa es dulce, delicado, en contraste con la esplendidez exuberante de su grupa: sus manos y sus pies, su cintura y su boca.

Tiene una nariz respingada y unos ojos lnguidos, de aguas misteriosamente quietas que slo el placer y la clera agitan. Yo la he estudiado como hacen los eruditos con los viejos infolios del Templo, y aunque creo saberla de memoria, cada da cada noche, ms bien descubro en ella algo nuevo que me enternece: la suave lnea de los hombros, el travieso huesecillo del codo, la finura del empeine, la redondez de sus rodillas y la transparencia azul del bosquecillo de sus axilas. Hay quienes se aburren pronto de su mujer legtima.

La rutina del matrimonio mata el deseo, filosofan, qu ilusin puede durar y embravecer las venas de un hombre que se acuesta, a lo largo de meses y aos, con la misma mujer.

Pero a m, a pesar del tiempo de casados que llevamos, Lucrecia, mi seora, no me hasta. Nunca me ha aburrido. Cuando voy a la caza del tigre y el elefante, o a la guerra, su recuerdo acelera mi corazn igual que los primeros das y cuando acaricio a alguna esclava o mujer cualquiera para distraer la soledad de las noches en la tienda de campaa, mis manos sienten siempre una lacerante decepcin: sos son apenas traseros, nalgas, posaderas, culos.

Slo la de ella ay, amada! Por eso le soy fiel de corazn; por eso la amo. Por eso le compongo poemas que le recito al odo y a solas me echo de bruces al suelo a besarle los pies. Por eso he cubierto sus cofres de alhajas y pedreras y encargado para ella de todos los rincones del mundo esos calzados, vestidos y adornos que nunca terminar de estrenar.

Por eso la cuido y venero como la ms exquisita posesin de mi reino. Sin Lucrecia, la vida para m sera muerte. La historia real de lo ocurrido con Giges, mi guardia y ministro, no se parece mucho a las habladuras sobre el episodio. Ninguna de las versiones que he odo roza siquiera la verdad. Siempre es as: aunque la fantasa y lo cierto tienen un mismo corazn, sus rostros son como el da y la noche, como el fuego y el agua.

No hubo apuesta ni trueque de ninguna especie; todo ocurri de improviso, por un sbito arranque mo, obra de la casualidad o intriga de algn diosecillo juguetn. Habamos asistido a una interminable ceremonia en el descampado vecino a Palacio, donde las tribus vasallas venidas a presentarme sus tributos ensordecieron nuestros odos con sus cantos salvajes y nos cegaron con la polvareda que levantaban las acrobacias de sus jinetes.

Vimos tambin a una pareja de esos hechiceros que curan los males con ceniza de cadveres y a un santo que oraba girando sobre los talones. Este ltimo fue impresionante: impulsado por la fuerza de su fe y por los ejercicios respiratorios que acompaaban su danza un jadeo ronco y creciente que pareca salir de sus entraas se convirti en un remolino humano, y, en un momento dado, su velocidad lo desapareci de nuestra vista.

Cuando de nuevo se corporiz y se detuvo, sudaba como los caballos despus de una carga y tena la palidez alelada y los ojos aturdidos de los que han visto a un dios o a varios.

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